Nostalgia. Dos centimos de euro

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Los dos céntimos de euro. Por lo familiarizados que ya estamos con la flamante moneda europea parece que siempre hubieran existido los euros, aunque también es una realidad meridiana que mucha gente y hasta nosotros mismos, porqué no reconocerlo, seguimos comentando y pensando en las antiguas pesetas, especialmente cuando nos referimos a viviendas, locales, viajes, automóviles e incluso aparatos electrodomésticos, ordenadores personales, cámaras fotográficas y otros muchos artículos. No obstante, remontándonos unos pocos años hacia atrás, durante toda nuestra vida, que ya va siendo algo dilatada, solamente hemos convivido con las pesetas. Ahora bien, a pesar de que el valor del euro supera las 166 pesetas, las moneditas de uno y dos céntimos de euro las despreciamos, molestándonos sobremanera llevarlas en nuestro monedero, posiblemente porque se nos ha olvidado la última peseta de aluminio que circuló en España que, como recordaréis, era bastante más diminuta y, yo diría, que hasta algo ridícula y poco manejable.

Precisamente, hace unos días, en uno de los puestos del mercado de Las Ventas, una señora ya algo madurita, casi de mi edad, le dejó a deber a Raúl, el charcutero, dos céntimos de euro, diciéndole a éste: «Ya te los pagaré el próximo día que venga». El bonachón de Raúl le contestó: «Tranquila señora, no se preocupe, eso no vale nada», asintiendo ella con una leve sonrisa. Rápidamente intervine diciendo:

«Pues con su equivalencia en pesetas, hace cincuenta años, cuando yo era adolescente, teníamos para ir al cine y comprar pastillas de leche de burra o cualquier otra chuchería de las que vendía la pipera de la esquina». Raúl, que es ecuatoriano, por más señas, natural de una ciudad llamada Loja, vi que flipaba en colores, al observar la cara de extrañeza que puso. La susodicha clienta, que iba delante de mí, se despidió y ambos, puesto que no había nadie más allí, seguimos ampliando la citada conversación.

En efecto, para los más desmemoriados me permito recordarles que, en la década de los 50, una entrada para el cine, eso sí, de las de arriba, de las que estaban en el gallinero, costaba tres pelas, dando derecho a ver dos películas de largo metraje, el NODO y el tráiler de las dos películas que iban a proyectar la siguiente semana. Además, como las salas de proyección de mi barrio eran de sesión continua (cines Alcalá, Alcántara, Argel, Ayala y Felipe II), si entrabas comenzada ya una de las películas y ésta era interesante, te podías quedar a verla otra vez entera y seguida, aunque tuvieras la servidumbre de tener que visionar la segunda película, otra vez el mismo NODO y también, los anuncios publicitarios de la época, los de Movirecord, con su soniquete característico y que eran una pasada. Asimismo, en los sucesivos descansos de algunas salas, tenías la oportunidad de oír vocear al colega de turno, a veces hasta conocido de la zona, que vendía los bombones helados y el chicle americano.

Como he dicho anteriormente, con los treinta y cinco céntimos restantes me podía comprar la referida leche de burra, que era una especie de caramelo o pastilla de color blanco lechoso, similar a la actual «Couldina», algo inferior de tamaño, que costaba cinco céntimos cada una, aunque el precio podía variar de unas piperas a otras. Si esta golosina no te gustaba o querías otras sensaciones, podías optar por las barritas de regaliz, duras o gomosas, por los altramuces, las algarrobas o las chufas, sin olvidar al dulcísimo «palulú» que, a algunos amigos, cuando lo mascabas, les producía una sensación, a caballo, entre el repelús y la grima. Pero lo más abundante y rebuscado era pasarte por la calle Cartagena, donde por siete perras chicas te suministraban un bolsón de recortes de patatas fritas que, aunque estaban demasiado saladas, puesto que eran los restos del fondo del recipiente, daba gloria engullirlas en el cine.

En definitiva, que con el equivalente de lo que dijo Raúl no valer nada, una decena de lustros atrás, yo, al menos, me sentía como un capitán general con mando en plaza.

Maximiliano Dueñas Delgado

 

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